Instrucciones para un grito

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Mis amigos no murieron en hospitales
ahogados desesperados golpeados
por electrochock en sus cabezas
a mis amigos les toca llevar de la buena en Buenos Aires y Montevideo
limpiando baños cuidando viejos lavando platos
golpeándose la memoria todos días contra el espejo
el primer viajecito al extranjero la primera cajita feliz

que si los patines para navidad y la bicicleta para julio
entre semana santa y carnavales a la playa a tomar sol

no, así no se grita, así ni siquiera se levanta polvo
armando berrinches en el centro de la casa
en la calle principal cuando la gente se va a trabajar temprano

eso es más bien como de mal gusto como una falta de respeto atascada entre los dientes

pues sí,
quizás no habrá mucho más que decir esperando a que el interlocutor responda
/entre el doradito del trigo y la piel de mis amigos que se dieron cuenta de que no
/eran tan blancos como ellos creían

Pero,
ya va
lo de buscar pleito y armarse contra las barreras del ruedo

está muy mal v i s t o
aquí no hay sana sana culito de rana no sanará hoy tampoco mañana
se les va el quince y el último se les van las ocho horas las diez horas las doce horas /ensamblando celulares en una planta en Texas de mesonero por la tarde y en Uber hasta
/la mañana

había que creer que era una mentira aquello de que te van a dar una pela cuando
/te des cuenta de lo que es la vida
y de que la clase existe y que la minoría existe y que la pobreza existe
y no dejan de llover cachetadas de esas que llaman hostias

para que conozcas a nuestro señor jesuscristo más rápido y te termines de salvar
/el alma que es el arma de la esperanza

no así no se hace un grito
eso es decirle a la mamá que el muchachito no quiere dejar usar a los demás el columpio
y zapatear contra las piedritas del parque porque el reclamo suena a roca en el estómago
hay que verle la cara a lo que es restregarse la juventud contra un trapo para limpiar

y después decir que rico que es vivir y soltarse la correa y echarse
qué buena que es la vida sí
que buena

a ver si mejor que gritos de roquero de bachillerato ponemos a sonar un bolero
que acá hay que bailar pegado y no echarse para atrás porque te pasa el tren
si no se lo habían dicho qué puede hacer el universo
mis amigos no se quedaron pegados en el aullido de un grito
su piel les suda trabajo y ganas de echarpalante

que si no quiere darse un par de vueltas por la realidad
no busque libros en las bibliotecas
prenda la televisión y véase el último capítulo de su serie favorita
después de eso todavía tendrá atragantada la grasa del progreso entre el pecho
/y garganta

una lectura sobre el campo letrado venezolano: descartas, actos de fe y sociedades culturales

Por allá en diciembre de 1980 con el dólar bien barato todavía y COPEI en trance porque no quieren ser los que tienen que decir que se acabó la fiesta José Ignacio Cabrujas, pensando sobre “los escritores” en Venezuela, decía: “Me imagino que el escritor venezolano se debe preguntar para qué escribir. Esta es una tarea fastidiosa y desagradable, ingrata. A nadie le da placer, a mí no me da placer. Hay millones de razones para no escribir y una sola para hacerlo: la necesidad de mantener un diálogo. Pero eso en nuestro país no pasa de ser un gesto simbólico. En el fondo da igual hacerlo o no. No hay urgencia. Nunca la sociedad venezolana reclamará nuestra ausencia. Aquí los escritores tienen el sambenito de flojos. Parecen flojos porque nadie les reclama nada, porque uno puede escribir una sola cosa y mantener fama de escritor. Pasan los años y lo siguen invitando a las recepciones, colocándolo en el mismo puesto en los banquetes y nombrándolo para ciertos cargos diplomáticos. El escritor venezolano lo que ha hecho siempre es eludir su propio oficio.” Por acá en el 2015 acepto que las cosas han cambiado (empezando por los medios) pero en el fondo, en aquello de la relación con el “oficio”, por no decir trabajo, está intacto. Que es como decir si haces arepas con harina Pan, Juana o Casa y se te empelota la masa, no importa la marca sino el empelotamiento. Últimamente, desde que Alejandro Castro publicó una carta en el blog más Channel de la web: backroomcaracas.com, hay un montón de gente que se ha puesto a preguntarse [cuando no gritar] cosas. Pongo el ejemplo de Castro porque en su texto, al igual que en el de Cabrujas, el problema es el empelotamiento de la masa de la arepa (no sé cómo decir esto en lenguaje letrado venezolano, pero sería algo así como: <el uso de la materia literaria y el objeto que produce.> ). Porque las distancias y los acercamientos, el amorochamiento y la guisadera jamás permitiría hablar de las sustancia de las cosas en lo público. Y lo público en estos días no pasa de ser el muro de Facebook, los caracteres de twitter, los selfies de instagram, los blogs con nombres propios como este. Lo público es todo y todo está vigilado. Pero el uso de tantos adjetivos teórico-críticos de nuestras prácticas sociales y culturales (amorochamiento y esos otros tantos) puede que me dé un tonito denunciador y eso no va con lo que uno debería de hacer, para eso están las oenegeseses. Si uno quiere pensar lo que pasa, yo creo que uno no debe creer en nada, sino que debe dudar de todo, empezando por lo que uno mismo escribe. Y más aún, esto tiene que ver con la sustancia, con el empelotamiento de la masa, con la imposibilidad de hacer de la arepa esa cosa redonda, esa cosa que se pone a la plancha, se cocina, se come y engorda.

Entonces, ahora sí, Cabrujas (quien creo es el teórico del performance más arrecho que ha tenido nuestro país) en esta breve cita dice algo que me parece lo más importante de esta entrevista que fuese publicada el 21 de diciembre de 1980 en el Nacional (yo me pregunto si la gente en diciembre antes no estaba más pendiente de comprar alcohol y hacer hallacas que de leer periódicos). El fragmento que me llamó la atención fue: “nunca la sociedad venezolana nos reclamará nuestra ausencia [de los escritores]”, lo cual es una de esas sentencias cabrujianas que deberíamos hacerle recitar a los muchachos cuando entran a una escuela de letras, de filosofía, de antropología, de sociología en fin cuando entran a una Facultad de Humanidades y Educación en Venezuela. “Nunca la sociedad venezolana nos reclamará nuestra ausencia”. Allá atrás, muy atrás, cuando en otros lugares a los profesores universitarios los desaparecían por pensar u organizaban revueltas que cambiaban o daban la sensación de cambiar el humanismo occidental, acá [en Venezuela] el peo verdadero era que no teníamos ingenieros. Y ya. Los escritores felices tenían a Monte Avila y sus becas espectaculares vía el CONAC (al respecto, véase la fiesta del embajador de Argenis Rodríguez). Y la gente, su preocupación era encontrar un pasaje con Viasa o Servivensa para el fin de semana. Y cuando digo la gente, evidentemente digo la gente que tiene con qué, no la fuerza trabajadora obrera maravillosa producto del gran mago Pérez (según Cabrujas y luego Coronil siguiendo a Cabrujas): brekeros, ascensoristas, limpiabaños empleados de ministerio o empleados de importadoras, distribuidoras y manufactureras. Las preocupaciones de eso que se conoce popularmente como “proletariado” o el “lumpen” no le interesan mucho realmente a los escritores, porque ellos no aportan nada al pensamiento. En realidad, no les importa mucho porque ellos no dan real, en cualquier caso, funcionan solo como materia para hacer La Obra que nunca se logra por el distanciamiento con la experiencia vital que tiene y produce el objeto que intenta representar.

Así de radical, como cuando en los Andes dicen antes de hacer comida “mejor que sobre y no que falte”. Uno lee una nota al píe de Entorno a lenguaje de Rafael Cadenas y siente a aquel hombre preocupado por la tecnocratización de todo. Que es así como cuando en Matrix muestran el mundo de las máquinas. A los venezolanos lo que menos les importaba, y con mucha razón, era que un tipo anduviera diciendo “coño vale pónganse serios, dejen la joda, coño vale preocúpense por la vaina, coño la estamos cagando”. n i d e v e r g a. Y este ejemplo villacumbiero me sirve para ir al centro de lo que preocupa a Cabrujas[1]. Tomas Straka, -historiador, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello y referencia obligada para investigadores del periodo de la Independencia y el siglo XIX- en el ensayo “La maldición de Casandra o los caminos de la distopía venezolana”[2], hace referencia a una frase de Luis Herrera Campins tras el lanzamiento en RCTV de “El día después que se terminó el petróleo” del mismo Cabrujas. El refranero -como es recordado el expresidente por el raserismo venezolano- dijo no solo dándole a Cabrujas sino a todos aquellos moralistas excelentes[3] que eran unos “profetas del desastre”. Es esta, quizás, la mejor definición del escritor en Venezuela cuando hace su trabajo: ser un profeta del desastre. A esta persona que piensa sus concomitantes le pondrán encima esa aura de sujeto espectral que sólo habla calamidades. Y es por ello que debe estar de más, que sobra, que su presencia no está bien recibida o, lo más perverso, que debe ser absorbido rápidamente por ese sistema al cual crítica. Pero esto de los escritores necesita ser analizado en detalle.

Los escritores

Acá hay que desmenuzar esto, porque a lo largo de la entrevista se perfila que cuando Cabrujas está hablando de los escritores hace referencia al escritor de corte intelectual. Cuando uso la palabra “intelectual” pienso en ese quien hace de la práctica del pensamiento un ejercicio vital. Si se quiere, un intelectual para el momento que Cabrujas habla [además de sí mismo] podría ser Arturo Uslar Prieti, cuyas conversaciones con Cabrujas son por demás interesantes. Con esto quiero decir que el objeto de la crítica de Cabrujas son los críticos mismos. Alguna vez estuve en una conferencia de argentinos estudiosos de la literatura y la imagen. Cuando uno experiencia el rigor con que esa gente trabaja uno entiende que aquello tiene que ver con la especialización de un campo intelectual. Por ejemplo, un escritor de ficción argentino puede teorizar en sus textos sobre su oficio, sobre la sangre, sobre la herencia. Y un crítico puede pensar desde la ficción cosas inmensamente interesantes y llevar el discurso ficcional a la esfera de lo político y las formas de la cultura, por ejemplo. Si a eso, se le agrega que en el medio intelectual no se habla paja, porque cada palabra vale el peso que tiene pensar, entonces lo que hay es un respeto profesional por el oficio. Primeramente y ante todo el respeto por el trabajo que se hace. Entonces, ahí sí, van los argentinos y sitúan sus artefactos culturales de alta calidad en el mercado. Y tienen alta calidad, porque existe un control de calidad. Eso mis broderes es lo que nosotros ni de verga tenemos y si se tiene, si se promueve, si se intenta crear no tardarán en salirte con una de esas que opera desde los dispositivos de control venezolanos absolutamente implacables del tipo: “pero qué vas a decir tú coño si tú tal cosa…” y arde el fuego en el rabo de paja. A eso se reduce nuestra seriedad ante las cosas que nos preocupan. Entonces, nunca se reclamó la ausencia del escritor. Porque no pasaba de ser un objeto tan necesario como el elefante de cristal que se pone como adornito en la mesa de la sala. Y el escritor, por otro lado, en una comunidad donde todos tiene rabo de paja, en vez de ocupar sus manos en escribir las pone a hacer pajas y el cerebro lo llena con el producto de la paja. Dígase eso que pasa cuando quien debe tener un pensamiento crítico sobre su realidad inmediata se dedica a fomentar la amistad y lazos absolutamente incestuosos de creación intelectual; y que, además operan bajo las necesidades de esa sociedad que le ha otorgado un valor decorativo. Con esto quiero decir cosas como que Ángel Rama tuvo que ir a Venezuela para que se reconociera la importancia estética y las maravillas políticas de El techo de la ballena comparables sólo con las de los surrealistas y los dadaistas. Porque sí, estábamos era pendientes de beber y hablar pistoladas. Sobre esto Rama se queja extensivamente en sus diarios y Argenis Rodríguez en sus libros. Ambos, odiados abiertamente por nuestra generosa sociedad de amigos de la cultura. Que además, funciona como la Asociación Louis Pasteur para el Fomento de las Artes, las Ciencias y las Industrias de San Rafael de Ejido que sólo produce actos culturales especializados en nombrar y representar la versión más alejada de ellos mismos. Es decir, nuestro campo intelectual, nuestro cerebro más visible, aquel que se publicita, sale en todos los medios y está dentro de nuestros cuerpos, es ese del onanista que alucina cada vez que gesticula su realización en el deseo de su propia imagen. Por eso, cuando más dinero tuvimos, antes de preocuparnos por hacer cosas como pensarnos a nosotros mismos, nos fijamos en la sobreexplotación de la creación de mitos que son la cosa más jodida de desmontar luego por quienes les toca organizar el despelote que quedó después de la rumba. Las instituciones culturales pasaron a estar al control de dos o tres familias que además eran financiadas por el estado. Eso que George Yúdice analiza en the expediency of culture (2003) [El recurso de la cultura] sobre la utilización de la cultura como un bien neo-liberal con la creación de franquicias como el Museo Guggenheim en Bilbao, pasaba en Venezuela cuando Sofía Imber le ponía su nombre a un museo que pagó el estado, por allá atrás en los remotos tiempos de 1973. Entonces, sí. Nunca se reclamará nuestra ausencia porque incomoda, porque la labor del intelectual es ocupar su vida en pensar el mundo en el que vive e imaginar formas posibles para la creación de condiciones de vida diferentes. Pero en Venezuela, eso de imaginar formas de vida diferentes a las que se realizan a diario es peligroso. Porque hay gente, que además son quienes tienen las lucas para mover la máquina llamada panza que grita cuando el hambre pega, que está muy bien con como vive y se siente cómoda. Por ello, el intelectual en Venezuela no ejerce la labor de crítico, sino de adornito de mesa. Pero, se me dirá y ¿tus profesores eran adornitos de mesa? Y yo diré no, no lo eran, pero eran y son cómplices. Porque “necessity has a dog’s face” (la necesidad tiene caraeperro) como dijo una entrevistada hace poco al New York Times cuando se le preguntó por qué bachaqueaba.

Entonces, los escribanos

         Vuelvo, de golpe al texto de Castro. Porque el problema no es que no haya crítica la cosa es que no se puede decir mucho de un bodrio, que no se puede pensar desde un texto que no piensa que no propone nada, que no arriesga nada, que no hace nada. Al fin y al cabo, lo que importa es vender. Y un best seller editorial en nuestro cándido y especulador país no pasa de diez mil libros vendidos. Entonces, si la relación del creador fue siempre clientelar con su público, cuando por veintiunica vez se le reclama su aparición, su lector no pide textos que lo cuestionen y lo hagan reflexionar sobre su vida y sus relaciones con el mundo y con las otras personas que comparten ciertas características que lo hacen “venezolano”. Eso que en el argot pelotero se llama estar en 3 y 2. No. El público reclama lo fácil, el milagro, la gasolina regalada, los dólares débiles frente al bolívar fuerte, la comida barata y no sufrir sus consecuencias. De esta manera, lo que se le pide al escritor es una respuesta en modo alivio, no se le pide que dé su opinión, ni que trate de desmontar lo que sucede, sino que dé una respuesta que relaje al lector ante la situación en la que vive. Y esto en los últimos años se convirtió en fetiche; el problema es pues la angustia de una clase que padece el asedio institucional y gubernamental, de eso que conocemos como la revolución bolivariana. Para que quede claro, el campo intelectual venezolano tal cual como se le conoce (eso que Rama llamó la ciudad letrada) tiene y padece las mismas angustias de la clase media venezolana. Y la clase media venezolana (siguiendo a Carola Chávez y Roberto Briceño León) no guarda relación con un estándar de vida, sino con una idea retorcida y maleable de ese estándar. En términos conceptuales, es una ideología y funciona como toda ideología para sí misma, su reproducción y su defensa. Clase media somos todos bajo esa premisa de que siempre hay alguien con más real y siempre hay alguien con menos real que uno. En el caso del capital cultural opera de manera selectiva y exclusiva. Pero, puede que me esté yendo del tema principal. Retomo. Ese intelectual, ese escritor, ese artista que debe pensar en tanto que está al servicio de una ideología sólo la reproduce. Por lo tanto el campo está baldío y devino infértil. Entonces cuando se nos reclamó la aparición, no se pedía sino paradójicamente mostrar el acto de ausencia y presentarlo y hacerlo. Es decir, el escritor sólo es escritor porque escribe y por ello se le debe justificar, sí justificar, y no criticar. Porque al fin y al cabo, se está en la misma lucha y además familia que guisa junta, come junta.

           Escribir, no nos hace escritores, opinar no nos hace críticos, pensar no nos hace filósofos. No es lo mismo una arepa con la masa empelotada (no importa la marca) que una arepa con la masa bien hecha. Uso este ejemplo porque en Venezuela el que menos sabe cocinar sabe hacer una arepa, y el que es humilde antes de empelotarse las manos dice yo no sé, eso no es lo mío y hace sanduches, ensaladas, pastas lo que sea que sepa hacer. Entonces, sí Cabrujas, como casi siempre y más aún cuando le tocaba hablar de eso que hacía a diario, tenía razón “nunca la sociedad venezolana nos reclamará nuestra ausencia”, y si lo hace no es porque le parezca que es tan importante como la ausencia de trabajadores de PDVSA en las refinerías, pozos, centros de distribución, centros de llenado, termoeléctricas, petroquímicas, gandolas, cargueros y gasolinerías. No. Nadie reclama nuestra presencia sino para montar un espectáculo y dar una sensación de alivio, algo así como un combo católico de domingo en la mañana, me confieso, oigo la palabra, doy la paz, comulgo, me echan la bendición: ¡estoy salvado, puedo vivir otra semana! El interés, el reclamo, por la aparición del escritor tiene que ver más, y acá sigo a Emily Rangel (quien sigue a Cabrujas), con el desmontaje de “mitos convertidos, más que en verdades, en <actos de fe>”. Y esos actos de fe, esos mitos, no es que hayan sido los del escritor-artista, no, sino que son justamente esos mitos contra los que se revela. Uno de estos mitos, por ejemplo, puede ser que en Venezuela no hay racismo porque que todos somos mestizos (el gran proyecto letrado del siglo veinte) o que las venezolanas son las más bellas del mundo por acumulación de reinados. Mejor aún, y menos clisheroso, cuando Henrique Capriles decía cosas como “el tiempo de dios es perfecto” y luego Nicolás Maduro se reinventaba con cosas como “dios proveerá”, y así de un solo porrazo los venezolanos, todos, no tenemos acción en nada de lo que hacemos, es todo un acto divino. Así, de irresponsables somos, así de infantiles. O esa fe ciega en cosas tan pendejas como que si cambiamos de gobierno la vida se nos va a resolver, como si la vida que vivo no tiene que ver con las cosas que hago. Estos, actos de fe, son una forma de actuar de eso que Cabrujas define como “disimulo”, ese “como si” que nos protege siempre de cualquier cosa. Como si el acto de escribir, nos convirtiera en escritores. Mi defensa, es una defensa por el campo al que pertenezco.

             Entonces, nadie reclama la aparición del artista, del poeta, del cuentista, del novelista, del ensayista sino para que le digan que esto que ahora están viviendo se va acabar pronto, para pedir “más gasolina” como bien ha sabido explicar Ociel Alí López. Y uno de repente se pregunta qué hace la gasolina, qué sino proveer de combustible a máquinas; qué es la gasolina sino el residuo material de una vida transformado en energía de nuevo mediante un proceso de refinación. Lo que es como decir, que vivimos de la mera extracción de la energía vital de los muertos. No es mierda del diablo, el único diablo somos nosotros mismos que lo sabemos ocultar bastante bien con la fe puesta en un montón de barajitas y culpas que nos hacen sentir mejor. Cuando Castro escribe en una carta que prescinde de sí misma y de lo que hace [el título es “descarta a un joven poeta”]: “¿Para esto quedó Apocalipsis, el agua de los desastres? ¿Para esto Tráfico, la solemnidad monstruosa de Armando Rojas Guardia? ¿Para tener que leer mil veces los poemas urbanos de alguna muchachita boba que quiere ser hampa porque no pudo ser princesa? ¿Para soportar la arrogancia de cualquier macho cuarentón que confunda impudicia con ingenio? ¿Para escuchar hasta la náusea los poemas femeninos de una señora divorciada o, lo que es peor, casada? ¿Y qué haremos con este montón de páginas atiborradas de confesiones y anhelos? ¿Qué haremos con el librito suyo cuando gane el próximo concurso por decisión unánime de un jurado integrado por su linaje obsceno?” no se está refiriendo a lo que muchos [narcisos hasta su eternidad gasolinomana] creían encarnar, sino a la falta de sustancia. Porque cierta porción de los escritores venezolanos [esos quienes se creen y son letrados por adjudicación, herencia o tenencia de propiedad] llegaron y rebosaron (como hacemos con todo) su propia ausencia ante su comunidad, esa de la que se queja Cabrujas. El acto de publicar desquisiadamente, la proliferación de libros y de sellos editoriales hace diez, nueve, siete, seis años -de todo eso ya no queda nada-, hasta el exordio de la banalización de la experiencia vital escrita en versos no dice nada, no hace nada, no busca nada. Los escritores [insisto, porque la descarta de Castro va dirigida a aquellos quienes habitan en la ciudad de las letras] ya no “eluden su oficio” al ausentarse, al dejar de producir, sino que al contrario en su hipper explotación de la materia extrajeron toda su sustancia. Hay que tener cuidado, ya no son los ochenta pero de la misma manera más que nunca pensar diferente se ha convertido en ser un sujeto detestable. Porque, en ese agotamiento de la sustancia de la escritura y del escritor ya no se puede pensar. Por lo tanto, ahora que cantaron “entren que caben cien” a lo movida acústica urbana todos estamos adentro y de esta manera somos practicantes de la única verdad esa de la Herencia de la tribu, por ejemplo. Con esto quiero decir que en Venezuela la práctica común con relación al escritor y el escritor y su relación con él mismo está rota. Porque su público, porque toda escritura tiene un público, prescindió absolutamente de él. Agotaron demasiado rápido al campo. Ahí está la crítica de Castro, enlazada a la de Cabrujas, haciendo eco de la de Rama y Rodríguez. No ha cambiado nada, sino el medio y la capacidad de promocionarse. Es decir, ese breve salto que hemos hecho de lo material del papel a lo inmaterial del internet. Y digo, que ese salto ha sido minúsculo, porque no deja de hablarle a la misma comunidad que antes se leía en papel y ahora lo hace online.

De poetas, y otras parafilias

             A veces, muchas veces, cada vez con mayor continuidad me pregunto: ¿quienes leen a los escritores chavistas? Porque por ejemplo, la “descarta” de Castro no es contra los chavistas. Es contra su mismo grupo que ha erosionado el campo hasta perder su sentido. ¿Qué pasa cuando la situación nos obliga a condicionarnos? Ser escritor requiere un trabajo monástico, requiere entrega como todo lo que se hace en la vida. Yo no defiendo la posición del escritor como letrado eso ni me interesa, tampoco a extramuros de la ciudad letrada. Yo defiendo mi posición como crítico de la cultura venezolana y entre otras de las cosas que la cultura venezolana tiene -además de hacer parrilla los domingos y feriados en las playas y los ríos- es la literatura. Y no me pregunten qué es la literatura, porque desde mi primera clase hace nueve años de introducción a la literatura cuando leí el texto de Jhonatan Culler “Qué es la literatura, y qué importa lo que sea” aún no sé cómo definirla, o sí tal cosa puede ser definida o necesita ser definida. Por eso, quizás, la erosión absoluta del campo letrado en Venezuela –no importa la filiación política- lo que demuestra es la propia inoperatividad del letrado y de lo que se espera de él. Porque difícilmente dudo que Maracaibo esté esperando algo de Miguel Ángel Hernández o Luis Perozo Cervantes o que Mérida espere algo de Jairo Rojas, Daniel Arella o David Parra (por poner algunos ejemplos de obras que conozco). De verdad, no creo que se espere nada de ellos y no sé si eso realmente importa. A la sociedad venezolana lo que menos le interesa y no lo digo a mal es leer poesía. Incluso dudo, que a uno mismo le valga de algo saber sobre poesía venezolana el único capital cultural con el que, por ejemplo, yo contaba hasta mis veintitrés años. A mí me importan, porque los conozco, porque sé que andan en lo mismo que les preocupa la vaina. Para bien o para mal.

            Por mí que se metan en la casa y se lleven hasta los bloques, y los tubos pcv de las cañerías. Del escritor venezolano nunca se esperó nada, y lo que ha pedido la gente cuando lo necesitaron tampoco les importaba realmente, si les hubiese importado antes de ponerse a editar vainas locas a gente desconocida hubiesen reeditado a los autores del techo de la ballena [olvidé que muchos eran y son de la izquierda funcionaria] que nada más que desde el sesenta andan diciendo cuál es el peo. En cambio, lo que se encontró ante el primer llamado desesperado de auxilio, emergencia y escape fue un montón de gente fuera de forma lista para ir a las olimpiadas para competir en los cien metros planos. Y el problema fundamental más allá de los géneros no tiene que ver con la proliferación, o la destitución del escritor de su oficio propio para volver a la mano copista de la edad media acelerada por la tecnología (véase Encuentros y Desencuentros de la modernidad en América Latina), sino más bien como decía Cabrujas en la misma entrevista en 1980 en que “hay una ausencia de reflexión” porque “no hay pensamiento”. Y eso es problemático, porque si hubiese habido seriedad en la vaina, si se hubiese defendido el oficio, si lxs escritorxs se hubiesen dedicado a pensar y no a darle tanto a la caña, la droga, lxs carajitxs el cargaso público o privado justo ahora la gente podría entender mejor por qué el chavismo es importante, incluso, cuál es la relevancia de los ojos de Chávez en los edificios de la misión vivienda. Pero no. No se va a dar el brazo a torcer. Primero muerto que bañado en sangre y paticas pa-que-te-tengo dándole por la vía para Oriente. Acá lo que hace falta es una relación genuina con la procedencia de nuestros problemas, con la sustancia. Y eso es sintomático, entre otras cosas, en la crítica hecha por Castro. Hace muchísima falta dejar de disimular y llamar a las cosas por su nombre. Si acá la gente se preocupara por otras cosas que el tamaño de las tetas [que no digo que no haya que preocuparse por el tamaño de las tetas] quizás no tuviésemos una página web como Banco Central jodiéndonos la vida, mientras en otra se cuestiona la procedencia de un motorizado morenito como malandro o no, y en la calle la gente empieza a buscar amnistías que le otorguen su renuncia al voto dado al MVR o al PSUV en el pasado. Y eso, guste o no guste tiene mucho más que ver con lo que ha producido la Sociedad de Amigos de la Cultura que es nuestro campo letrado, que con otras cosas.

Nota. Quizás no hablé de poetas, como se hubiese esperado, pero me parece urgente atender el núcleo del problema que para mí, es vital, y lo encuentro en estas breves notas que he compartido.

[1] un dato para quienes estén en “Introducción al pensamiento Cabrujiano” o Cabrujas 101 –quienes están en la diáspora- las preguntas de sus entrevistadores en la mayoría de las veces son lamentables, medianas y a veces ni entienden al tipo cuando les responde.

[2] un título no apto para todo público porque si a mí me agarraban a los quince años y me preguntaban qué o quién era Casandra yo decía “una novela de RCTV” y distopía seguro –por ser hijo de médicos- hubiese respondido “una forma de arritmia cardíaca”.

[3] tipo el borracho del culturalista Emilio Lovera cuando después de llegar volteado de la pea ve un choque en la autopista y se dice a sí mismo, reprochándole al conductor, “seguro que vienen borrachos, coño quédate en tu casa, con tu familia, no bebas si vas a manejar” y demás zarandases pajuísticas que se nos salen de la boca cada vez que nos presentamos ante el mundo.

de la gasolina más barata del mundo y el cinismo como dispositivo de control

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos,  en Paraguachón, el paso fronterizo entre el departamento colombiano de La Guajira y el estado venezolano de Zulia. Allí, estaba apostada una cuadrilla de la Guardia Nacional Bolivariana(foto: EFE)

“Aquí se vino a joder, a tripear, a demenciar
y el que se quedó pegao se quedó pegao”
Raver en San Juan de los Morros

Con todas las fotos que veo de Guardias Nacionales en la frontera (en especial una que recién vi del Presidente Santos en Paraguachón), con toda esa pose de “como si” los guardias fueran militares serios, tipos honestos que cumplen y hacen cumplir la ley, como si los venezolanos fuéramos gente que cumple y hacer cumplir las leyes, como si tal cosa como persona que cumple y hace cumplir las leyes existiera. Bueno… esas fotos me hacen recordarme de mi compañerito de clases en 7mo grado de bachillerato en el Liceo Militar Libertador de Maracay que me decía “Varguillas yo lo que quiero es ser oficial de la Guardia porque quiero tener es real” y ya. Porque de eso se trata. Si un miembro de cualquier fuerza llega a un puesto fronterizo él en sí mismo no es mas que un dispositivo de una máquina mucho más inmensa que él. Él no es que sea corrupto, él debe hacer que la frontera funcione, que la economía de la frontera funcione, que la lógica de la frontera funcione. Y eso entre otras muchísimas cosas pasa por recibir maletas de dinero que él (tropa profesional de carrera o soldado en servicio) le dará al comandante de su pelotón, y este al de la compañía, y este al del batallón, y este al de la división, hasta que llega a la cuenta bancaria de quien debe estar (en el dado caso que no se haya realizado previamente una transferencia electrónica en bancos en Panamá, lo que aligera el burdo proceso de entrega de la maletica por parte del chofer de gandola); luego eso que rebosa, eso que por inflado se esparce como el aire es lo que le queda al guardia que sale en la foto que Santos saluda, como quien dice le queda palosrefrescos. Lo que quiero decir, es que las cosas son como son, no es que el guardia sea malo, una especie de ser malévolo tipo Soraya la de “María la del barrio” que en cinco minutos deja inconsciente a la mamá, tumba de la silla de ruedas a la maldita lisiada y le clava una puñalada a su hijo. No. El guardia está ahí haciendo de guardia (ese que vigila), como si no se supiera que todos sabemos que a él le tocó o mejor aun eligió (a veces pagó o jaló muchas bolas -eso que en otros lugares llaman “hacer lobby”-) estar ahí. Sí, lo sabemos pero nos hacemos como si no lo supiéramos porque es más fácil vivir con eso que aceptarlo. Entonces uno se pregunta ¿cuál es el problema?, ¿por qué tanto afán en poner fotos de los guardias en la frontera sosteniendo fúsiles que ni los Pranes de Tocorón en sus raves tienen?, ¿cuál es la cosa con divulgar historias tipo “cinco guardias violaron a mujer enfrente de su esposo mientras se hacían sanduches con lo que tenían en la nevera antes de pasarle un tractor por encima y reírse como Scar el tío malo de Simba”? Porque algo nos produce eso, algo en todo eso hace que nos afecte, que lo tomemos por cierto y uno diga “hacen eso y mucho más” e inmediatamente se persigne así tipo “ay diosmío no, qué horror”. Porque sí, es un horror, de eso no hay duda. Pero acá el horror es tan horror como que tengamos gasolina for free, así como cuando el bombero de la gasolinería se molesta porque le pedimos vuelto del billete de cinco y pone cara de “no me pagues un coño” porque uno tiene que entender que él vive de no dar vueltos y de propinas etc. ¡Qué horror! Guardias sinvergüenzas, como cuando en el mismo chat de whatsop la gente se queja de que todo está caro y qué bolas las colas, y qué mierda Maduro, y que noseconsiguenada y sale alguien y dice “tengo verdes a 700”, “tengo 3 cauchos a 50mil cada uno”, “tengo un pasaje para Aruba en 70mil” y así sigue la cuenta de compra y venta con queja incorporada, lo mejor de todo es quien hace dos meses compró 50 dólares a 300 bsf hoy los vende a 700bsf y mañana los comprará de nuevo a 1000bsf. ¡Qué horror! Esa gente inhumana, que no entra dentro de la categoría de lo humano, que no sabe del sufrimiento de los otros “¿será que no tienen familia, hijxs, esposxs? Sí, todos nos preguntamos eso siempre que algo así pasa. Así como el borracho se da cuenta de que está borracho cuando abre los ojos en el hospital con una aguja en la vena pasándole suero. Quiero ser claro en esto, porque la última vez que publiqué algo en mi blog pensaba que éramos muy ingenuos, y luego entendí que el ingenuo soy yo. Porque lo que somos es unos grandes cínicos que especulamos con todo que nombramos a quienes están en el gobierno “enchufados” para hacer referencia a la acción de extraer energía, que en realidad la metáfora no tiene nada que ver con electricidad. Sino que en tanto que se les nombra como extractores, vamos a ponerlo en criollo “chupadores” o “mamadores” se les sugiere que andan mamando, y por favor acá todo sabemos que el verbo “mamar” en Venezuela sólo se usa para juntarlo con “webo”. El problema de los enchufados entonces remite a aquella cosa de que “yo soy más hombre que tú” porque tú eres un mariquito. Sí, así de simple, así de triste, así de ridículo todo. Es como si todavía estuviésemos metidos en el salón de bachillerato pero no hay maestra, ni profesor guía, ni directora ni nadie. “yo soy yo” y #Bórralo. Y se aplica la de Leopoldo “el que se cansa pierde”. Es decir, cuando me vengan a hacer bulling: golpe patada y kongfú contra lo que venga porque si me la dejo hacer una vez me la hacen por siempre. Porque el tipo está claro de cómo es todo, pero también como sabe cómo es todo: no lo dice. Y es importante en Venezuela no decir las cosas, ni pensarlas siquiera, usted vaya y repita (y no solo en Venezuela, esto pasa a diario en el mundo). Así como cuando Carmona el 12 de abril del 2002 gritaba en Miraflores hemos recuperado la democracia, justo después de abolir de coñazo al estado democrático. Entonces, sí, cínicos. Nuestros niveles de cinismo no tienen límites. Así como cuando Coca-Cola puso en vallas publicitarias inmensas a la miss Venezuela junto con el enunciado “Me gusta ser la oficial/ Amo ser la preferida (esto en negritas)” o como cuando la página web Contrapunto por la Trinidad (área al este del este de Caracas) pone una valla inmensa donde se ve a un hombre afrodescenciente vestido de motorizado junto al enunciado que pregunta ¿malandro? Mientras el hombre muestra todos sus “papeles en regla”. Así mientras decimos que no eres malandro –por ser negrito y motorizado- también decimos que eres malandro por tu condición natural, sí natural. O sabemos que a las venezolanas les encanta estar casadas, pero les va mejor como cacho. Cínicos que somos. Porque en estos días ya ni siquiera el disimulo da para tanto, y eso sí es uno de los verdaderos logros de la revolución: que el cinismo tenga que ponerse en práctica porque aquí todo el mundo ya sabe cómo se bate el mango. Así como cuando los “pimpineros” (eufemismo usado para nombrar a los contrabandistas que llevan gasolina de Táchira al Norte de Santander –como si la parte sabrosa no sale es por la Guajira en gandolas de 5mil litros- ) salen a protestar en Cúcuta porque los dejaron sin trabajo. Como diciendo “Venezolanos ustedes arreglen sus problemas pero a nosotros déjennos trabajar que somos padres y madres de familia”. Y yo los apoyo, porque ellos también son humanos. Pero qué horror todo. Entonces, ¿a qué jugamos? Porque al fin de cuentas aquí todos sabemos que el gobierno actúa “como si” fuera serio (como si no fuera año electoral), cuando la mayoría (la mayor mayoría y la menor mayoría) de los venezolanos no sabe ni siquiera qué carajo es un gobierno serio, y si se les pregunta: cuál es un gobierno serio dicen: “Pérez Jiménez”. Y así de coñazo caen en la trampa de nuevo. Porque qué vamos a hacer si eso fue lo que nos enseñaron desde chiquitos, si cuando nos enchufaban el tetero y la teta nos dieron fue eso de alimento. Entonces ¿qué los Guardias son choros? Eso todo el mundo lo sabe, el problema es seguir creyendo que la institución Guardia Nacional es una institución y no una mafia, una camorra de gente más o menos organizada que trabaja por su honor ya que “el honor es su divisa”. Y para nosotros gente de Venezuela (y del mundo) en estos tiempos el honor es tener real, mucho, mucho real. Entonces si perseguir el dinero es su divisa (¿y a estas alturas del alto capitalismo de quién no la es?) entonces haremos lo que sea por tener dinero. Que si no, entonces nadie trabajaría. Por eso cada vez que leo, veo o oigo cosas tipo “mi Venezuela qué te ha pasado” me dan unos ataques de risa por la indignación. Porque eso de “mi Venezuela” esa vaina no existe, eso es una manera de decir se me acabó lo fácil, y ya. Cínicos que somos. Vuelvo entonces a Santos en Paraguachón: no me jodan.

De dolartoday y la ingenuidad como dispositivo para el ejercicio soberano de la viveza criolla

a Emi.

I. La descarga

La economía venezolana es una cosa que me da como pena conmigo mismo. Porque me esfuerzo en entender y en creer lo que los analistas económicos escriben, pero si uno lee libros de teoría económica uno dice coño, ya va, acá hay algo jodido. Y no es “algo” es todo. Me da como pena ajena conmigo mismo y con la vida ver que la gente se tripea que dolartoday.com de un solo coñazo nos devalúa y nos dejamos devaluar 50 bolos en tres horas. Y la gente lo publica y mama gallo y tal y qué depinga. Lo jodido de todo esto es que si uno escribe a dolar today, (hagan la prueba) no te responden, es decir ellos te ponen el precio, pero tú les escribes tipo “epa para comprar unos 300$” y no te responden. Pero bueno, sí, esa especie de Banco Central cibernético dirige nuestra economía, junto con los militares que nos gobiernan el cuerpo a coñazos. En todo caso, seguimos ahí. Depinga de una manera ridículamente irrefrenable el 21 de mayo del 2015 en tres horas nos volvimos como un 30% más pobres, que en la realidad es como 50% más pobres. Así de coñazo. Nadie responde por eso, nadie. Solo sabemos quién es el que anuncia que vende y a la final no vende. Es decir una estafa nos estafa y nosotros nos estafamos a nosotros mismos. y decimos “verga qué arrecho soy, hice tremendo negocio” nada. Incluso, pensar, dudar, hacerse preguntas, es ya sospecha de que uno es tan ignorante que no entiende que el precio del dólar se calcula con una triangulación de “casa de cambio” en Cúcuta (es decir ranchitos con montones de billetes que depingamente cada día valen menos) que tranzan de pesos a bolívares, de bolívares a dólar, más login, clave, click que tranza en línea, más Banco Central de Venezuela que imprime billetes como loco. Nadie tiene la culpa o todos tienen la culpa que es como decir: “becerro eres un gafo porque no sabes cuál es la capital de Amazonas”, pero uno tampoco sabe que la capital de Amazonas es Puerto Ayacucho, que es como colearse en la cola mientras se me colean en la cola porque nadie me va joder mientras me joden. Nada. Uno acepta las cosas como son, uno se supone que se las tiene que tragar así suavecito. Decir culpa de los militares, de Maduro, de Diosdado, de Chávez, de los chavistas. Ajám y ¿más allá de eso? Todos somos una cuerda de misifuses que no partimos un plato. Somos un país de gentecita muy, pero muy, pero muy pendeja y por sobre todo que le sabe a mierda medio enterarse un poquito de cómo funcionan las cosas. Es decir que son felices de estar en los estados más plenos de gracia en el disfrute de la ignorancia, porque todo lo ignoramos y chévere. Mientras mañana nos devalúan un poquito más el aumento que hace quince días, aunque era poquito, daba la sensación de que “era algo” cuando se pagó el quince lo que sea que se haya comprado. Eso hoy, ya desapareció. Y depinga. No pasó nada. nos cagamos de la risa de que somos una cuerda de pajuos y lo celebramos. Me disculpan, pero no puedo con la arrechera de saber que somos así de pajuos. De pana. Somos como un salón de bachillerato. Que triste. Y uno se tiene que calar como recibe coñazos de todos lados y no puede decir nada. Porque coño eres un chavista, o eres muy escuálido. ¿Para qué pensar y hacerse preguntas, si tener dudas es mal visto? ¿Por qué preocuparse por la vida de uno? Porque en el salón de bachillerato inmenso llamado Venezuela no querer ser un pajuo es ser doblemente pajuo y te van a dar salita burrera. Por andar cagándola. O te van a lepear, o te van a lanzar taquitos. Porque es mejor que te calles. En fin. Sí hoy a mi vida le tiraron una devaluación que me duele en lo hondo. Y sé que me la están haciendo chimba. Pero depinga. Es que uno no entendió bien de economía, porque no hay Maza Zábala, Hausmann, Rodríguez, León, Guerra, Salmerón que me haga entender bien este desastre. Porque hay algo que no estoy viendo y es el dedito que da click a “upload” para aumentar el dólar pero no a “send” para enviarme una respuesta sobre la compra de dólares que oferté. Y eso para mí, para Pedro Varguillas ya es bastante para sospechar. De los ranchos ambulantes llamados efumisticamente “casa de cambio de Cúcuta” de eso ni hablar.

II. El soneo

Quiero ser claro en algo. Porque yo lo poco que sé de economía venezolana lo sé por un lado, por los economistas venezolanos en internet que dicen, todos, de muchas maneras, lo mismo. Y por otro lado, por los libros que encuentro en las bibliografías de autores venezolanos sobre economía venezolana. Y todos ellos dicen que si las políticas económicas del gobierno no cambian el dólar paralelo va a ser 10001000 bolívares por dólar. Mis pregunta, mi mayor duda, es con algo en lo que quizás creo tener mayor conocimiento. ¿Por qué los venezolanos aceptamos que una página web nos devalúe? ¿Por qué somos tan ridículamente ingenuos? Porque entre la triangulación de la fluctuación del precio del dólar paralelo del gobierno, Cúcuta y dolartoday lo que queda claro es que acá los que permitimos que esto pase somos los venezolanos. Es decir, por qué ante la “devaluación” de coñazo de 50 bolívares en un día nos quedamos tranquilazos, sólo culpando al gobierno. Incluso la palabra devaluación no es la adecuada para lo que dolartoday hace. Por qué no asumir responsabilidades. Voy a poner un ejemplo sencillo.

Esto es como que en mi casa yo tengo suficiente comida en la nevera para una semana, pero yo le digo a mi familia que nos queda comida para dos semanas. A su vez, mi vecino le dice a mi familia que nos queda comida para tres días. Y un tipo que se asoma desde la ventana que da a la calle mete su cara en la cocina de mi casa y dice: “paja, con esa comida tú de vaina y podías comer ayer. Tú no tienes nada”. Ante esto mi familia no se detiene a revisar cómo está la cosa. No. Ellos le creen al tipo que dice que ya la comida se acabó y se entran a coñazos por las papas, la harina pan, el jamón y el queso. Luego de que cada uno tiene su porción de provisiones, empiezan a especular a las buenas de la santa voluntad del me da la gana. Porque en Venezuela, vivimos bajo la santa soberanía del “me da la gana” (léase: “el estado del disimulo” de José Ignacio Cabrujas). Es decir, a mí me da la gana de creer que me las sé todas más una. Y por alguna tradición absurda, nacida por allá en los setenta del siglo pasado, cuando el barco se hunde el que tenga un dólar es quien no se hunde. Depinga, eso se entiende. Y por las medidas que se tomaron en la cuarta república post Viernes Negro, que no distan mucho de estas, es que el país tardó como quince años en descoñetarse. Ahora, en tiempos de internet, de guerra global, de alto capitalismo, de ingeniería económica. Ahora el país se va a la mierda en un año. A todas estas, para volver a la casa, lo que hay es una familia enteramente lambucia intercambiando una lonja de jamón por cinco kilos de papa. Porque el jamón tiene proteínas y la papa engorda. Sí, sé que quizás el ejemplo de la casa, puede resultar poco acertado. Pero a mí lo que me preocupa es cómo le damos todo el poder a un anónimo a quien los economistas del país le dan la razón, porque coño ellos saben de teoría económica y en la teoría la vaina funciona así. Pero en la teoría el Manifiesto Comunista de Marx y Engels es pura bellezura, en la teoría si uno era alemán “puro” Mein Kampf de Hitler era bastante razonable, en la teoría Capitalism and Freedom de Milton Friedman es el camino a la libertad individual, en la teoría los Chicago Boys de Chile iban a sacar de la miseria a todos los chilenos, en la teoría el Socialismo del Siglo XXI de Hugo Chávez es la posibilidad de una igualdad en las condiciones de vida para la humanidad.

El coñazo del 21 de mayo del 2015 de Dolartoday a los venezolanos, creo que tuvo algo peligroso en contra de sus propios creadores. Le hizo preguntarse a la gente “epa ya va, aquí hay algo que está fallando”. Porque sí. ¿Qué pasa si no le paramos bolas al precio del dólar que pone dolartoday? Quién le da poder a dolartoday para que un día alguien sentado en una silla en una casita en South Beach llevando solcito mayameroso sabroso, del bueno, con una mujer explotadisíma y un yate en el patio trasero de la casa le dé click una y dos y tres y cuatro veces a “upload” sobre el precio del dólar. Que se traduce en (véase un mapa del continente Americano. Ubíquese la península de la Florida en relación espacial con el pedacito de tierra que llamamos Venezuela y nos da nombre de Venezolanos) soberana cagada sobre la cara de todos los venezolanos (adentro y afuera de Venezuela) y no venezolanos que hacen vida en Venezuela. Porque yo no sé ustedes, pero yo todavía me estoy limpiando el trozo de eses fecales del tipo ese que me cayó en la cara ayer 21 de mayo. Me preguntó, ¿cuál es el límite de dolartoday? Me respondo ¿cuál es el límite de la absoluta ingenuidad de los venezolanos? ¿cuál es el límite de la morbosidad nuestra por jodernos entre nosotros, mientras nos jodemos a nosotros mismos? ¿cuándo nos vamos a dar cuenta de que el peo no es dolartoday ni los chavistas, sino nosotros mismos? Insisto en esto. Si dólar today no es un banco, si los tipos ni venden dólares. Entonces, ¿por qué nosotros les permitimos que nos devalúen la vida, por qué les permitimos que nos caguen encima? Respecto a los del gobierno, bueno, por ellos aunque sea hay un montón de gente que con trampa o sin trampa votó, y ahí el problema no se resuelve con un comentario de tres páginas. ¿Pero los de dolartoday? Voy a ser más claro aún.

Dólar today opera, al contrario, de como nuestros genios de la economía pretenden decirnos, con base en la confianza plena y absoluta de los venezolanos que le dan el poder a los dueños de la página web para gobernar sobre ellos. ¿Se dan cuenta de lo terriblemente perverso que es esto? No nos bastaba con que los chavistas nos dieran coñazos, nos buscamos a una entidad metafísica que nos entrara a coñazos en el alma y en el bolsillo. Y el dolor que esa entidad produce se lo achacamos a un problema precedente alias: chavismo. Esto es como nosotros hombres de Venezuela que cuando tenemos un problema con la pareja lo resolvemos buscándonos una amante que nos aguante la vainita mientras la tipa nos aguante, y cuando las cosas se ponen mal con la amante nos buscamos una segunda amante que sirve de transición mientras se deja a la primera. Y a todas estas los peos en la casa con la “legal” siguen igual de terribles. Además de hablar paja del tipo a quien la pareja se le cansa y lo deja. O mejor, si tenemos una gotera en el lavamanos del baño le ponemos un potecito de mantequilla debajo de la manguerita por donde gotea. Y decimos mañana compró la manguerita, o después llamo al plomero. En un año tenemos senda mancha amarilla en el piso, en dos la baldosa se abomba y cuando eso pasa, compramos una alfombrita para tapar el hueco. Esto es así. Igual, la casa no se va a caer por eso, y si se cae no será cuando yo viva acá, ya yo me habré mudado o estaré muerto. Así somos. Así de pajuos, así de pendejos, así de ridículamente vivos bobos. Somos unos niños. Por eso nos la pasamos buscando un papá que nunca estuvo para que nos dé coñazos, y cuando oímos a mamá que nos dice “coño hijo no la cagues tanto” la mandamos a al cipote. Dolartoday no es un problema económico, nuestras devaluaciones diarias, absurdas, sin sentido no son un problema económico. Dolartoday es un síntoma de lo que somos y hacemos los venezolanos, de nuestra forma de concebir el mundo, la vida, la experiencia de estar vivos, de movernos, de caminar, de bailar, de amar, de odiar, de sentir. Y existirá mientras nosotros queramos que exista, de la misma manera que existirá el chavismo hasta que queramos que exista, o que los adecos gobernaron hasta que quisimos que gobernaran. Mientras, yo sigo al único teórico que me ha hecho poder entenderme a mí mismo como venezolano y a Venezuela, José Ignacio Cabrujas, cuando dice: “lo que me gusta no es legal, lo que me gusta no es moral, lo que me gusta no es conveniente, lo que me gusta es un error. Entonces obligatoriamente tengo que mentir”. Ese es nuestro estado (si se me permite usar esta palabra como la usaban los juristas y teóricos políticos españoles del siglo xvi) “natural”. Con dolartoday nos mentimos a nosotros mismos, creemos que tenemos el poder de tomar decisiones sobre nuestras propias vidas al tranzar un mes de trabajo por cincuenta o cuarenta dólares. Porque en nuestra absoluta ingenuidad de las cosas del mundo, creemos que eso hará que el chavismo caiga. Y como el gobierno es un error histórico para una parte de los venezolanos que se creen más vivos que los otros porque recubren su mediocridad con títulos o forrrados de real, pues estamos todos jodidos. Estamos desahuciados entre los que nos comen y los que nos cagan encima. Y lo mejor, lo desquiciante de todo esto, es que todo eso lo hicimos nosotros, y es el reflejo de lo que somos, de nuestra intimidad más profunda, es el reflejo de nuestros deseos más inconscientes. Ser ingenuos, escondernos tras escusas simples, que no exigen nada de nosotros mismos, es una forma de “disimulo” (sigo a Cabrujas) en la cual al hacernos los tira la piedra y esconde la mano y sabiéndonos culpables de nuestra condición nos escondemos bajo el velo del “yo no fui” mientras buscamos inmediatamente un cuerpo descubierto para señalarlo como culpable. Y está “ingenuidad” nos está hundiendo en lo más hondo, porque cuando una amplia mayoría de los venezolanos deciden creer en la tasa de cambio arbitraria de dolatoday imponen un nuevo Banco Central cuyos intereses recaen en individuales. En este reconocimiento de la “economía dolartoday” estamos haciendo un ejercicio de voluntad soberana. Es decir, hemos elegido, ante la absoluta flojera de intentar explicarnos a nosotros mismos qué está pasando, buscar entre las opciones posibles un nuevo soberano implacable que nos destruye sin piedad, mientras celebramos su poder frente al otro soberano que nos ata las manos. Hemos hecho de la mojigatería una nueva forma de soberanía. Y con decir cosas como “dios nos ayudará”, “estamos con dios” y “dios proveerá” nos confesamos y libramos de cualquier culpa que tengamos sobre el desastre.

del cadivazo y otras pendejadas

Piropos_en_oferta  hace dos semanas le preguntaba a Carlos José Cova​ (documentalista venezolano estudiando en Northwestern University) “¿Carlos no te parece que las noticias de los periódicos esta semana están flojas?” y él me respondió, como haciéndome entrar en la realidad: “marico es semana santa”. Las noticias de esta semana, al contrario han sido terribles. Cosas que a la primera vista dan risa como titular nuevas medidas económicas “cadivazo” hablan de un trauma. De este trauma que debemos de tener todos los que crecimos en la década de los dos mil cuando estábamos lo suficientemente grandes como para tener recuerdos de cómo era la cosa antes del comandante eterno, y que vivimos la alucinación en pleno de la experiencia CADIVI. Ya cadivi, ni siquiera se llama cadivi sino CENCOEX, pero la vaina de esta semana se llama “cadivazo”. Como algo que pasa, como un verbo que se nombra a si mismo, tan parecido a latigazo, coñazo y todos esos violentos perfectos. Otro amigo últimamente me hace recordar que cuando dos o más venezolanos se reúnen siempre, por x o por y empiezan a hablar sobre Venezuela. No digo que los chilenos no hablen de Chile, y los hondureños de Honduras pero lo de venezolanos menores de treinta años (los que conozco son estudiantes de maestría y doctorado) tengan siempre a Venezuela como tema principal (y en mi caso monotemático) preocupa. Porque uno tenía un plan A,B,C,D,E,F (…) Z de vida, pero hay algo que cada día cambia, hay algo que tiene el mismo antojo de la mano que le da click a la página de dollar today para actualizar el precio del dólar paralelo, hay algo que se parece a Maduro hablando en el aire como si todavía no se creyera que es presidente, hay algo en la mirada y la risita prepotente de Diosdado Cabello que se siente dueño del país, hay algo de la familias nuestras que todos los días amanecen valiendo menos, y a uno en el limbo de la burbuja estudiantil los planes de la A a la Z también se le desbaratan cada día. El lenguaje, inclusive se nos hizo corto, decimos cosas como “cadivazo” ahora que adiós luz que te apagaste. Pero, en el 2007 no se le ocurrió a nadie llamar cadivazo a comprar por internet con tarjetas de crédito prepagadas lo primero que se le cruzara por la cabeza a alguien. Aquellos remotos años cuando a los economistas que salían hablando por la televisión se les veía así como el pana que dice en plena rumba “me voy a estudiar porque mañana hay examen” y todo el mundo lo chalequea, o las vecinas “viejas locas” (véase el Libro de Gisela Kozak “Ni tan chéveres ni tan iguales”) que tocan la puerta para decir que le bajen volumen a la música porque están haciendo mucho ruido. Ni de vaina aquello era cadivaso. Cuando teníamos la prepotencia de Cabello y el asombro de Maduro dándonos viajecitos por toda Suramérica diciendo lo barato que era un bifé de chorizo en Puerto Madero, o un pisco sour en Barranco. Nadie pensaría en la uña del dedo de la mano que da click en dollar today cuando cogían un avión para raspar la tarjeta, o mejor, cuando le daban la tarjeta a alguien para que se las raspara. La única vez que he ido a Panamá en mi vida lo primero que el taxista preguntó fue: “vino a raspar” y yo ni siquiera sabía que carajo era raspar –aquello fue en el 2008. No, nosotros gente común y corriente, no tenemos que ver nada con el desastre económico del país, no somos cómplices, no lo apoyamos, no estamos de acuerdo. Eso, todo eso, es pura mojigatería de amanecido. Eso es como la muchacha que se despierta sobre su vómito después de la salidita del finde y en el almuerzo familiar del domingo dice cosas como “yo bebo pero jamás fumaría marihuana porque eso es malo y pone a la gente loca” o los tipos que se llevan a todo lo que se les ponga por el medio cuando manejan y dicen que el gobierno es autócrata. Es esa misma capacidad de asombro ante la responsabilidad que nos está llevando al éxodo buscando la tierra prometida afuera de Venezuela. Hasta Haiti puede ser una buena opción. Lo que importa es irse, porque al parecer sí, irse no solo es una “necesidad”, es una moda. Y todos entramos dentro del mismo saco, el que estudia becado, el que trabaja como gerente de una trasnacional, el que sobrevive con el cupo de cadivi y se la pasa todo el día echado en su cama, el que trabaja en una empresa de servicios, el emprendedor, el obrero, todos los que “se fueron” se fueron. Es como si el acto de desplazarse territorialmente del país enmarcado en el evento masivo te hace parte de esa categoría “los que se fueron” o los “que se van”. No hay transición, es como cuando en Estados Unidos los marrones A.K.A Latino/as, somos categorizados como Mexicans, it doesn´t matter where you came from. Es complejo y estoy cayendo en clichés y es que, mis disculpas, me encantan los clichés porque tienen una profunda superficialidad de contención. Ahora que nos “fuimos” o nos “fueron” o “salimos” o nos “sacaron” ahora que no estamos en Venezuela es cuando mejor se ve la cosa. Porque todos, no importa lo que sea que estamos haciendo, somos vistos desde cualquiera de los lados por donde se nos mire en Venezuela como usurpadores, como el vivo, el condoncito (usé al país, ya no da más y me voy –véase José Ignacio Cabrujas “El estado del disimulo”–). Lo terrible de esto es cuando uno trata de (re)definirse y buscar excusas para decir que yo no, yo no me fui escapando porque cuando me vine el dólar paralelo estaba en 26 bs y el cadivi estaba en 4.30 todavía. Y habían expectativas, porque afuera hay becas y después uno vuelve y da clases en Venezuela, porque como dice Rita Indiana “todos vuelven a la tierra en que nacieron/ al encanto inconfundible de su sol/ y quién quiere estar comiendo mierda e hielo/ cuando puede estar bailando algo mejor”. Dentro de las historias mínimas de cada persona que ha salido de Venezuela en los últimos cinco años (por decir un número) hay relatos diferentes, porque cada vida es una cosa inmensa. Lo terrible es cuando se entra en categorías que borran la situación que enmarca la partida. Y sobre esto se han escrito tantas cosas en todos los países de Latinoamérica que ya han pasado por lo mismo que podría resultar absurdo ponerse a escribir sobre ello. Vistos en perspectivas somos los muchachitos ricos del salón que nunca les importó estudiar porque el papá tenía mucho pero mucho rial mientras todos los demás lo veían y se preguntaban qué se sentía ser así. Mientras en Argentina desaparecían a los estudiantes en Venezuela les daban becas para irse a estudiar a las metrópolis del mundo. Y por ahí sigue la cuenta. Ese es el relato de los noventa y de los ochenta que echaban los enratonados de los setenta. Ese primer gran ratón.

Ahora, que ya no éramos tanto, ahora que la echonería se parece más al detal que al por mayor andamos tratando de preguntarnos qué nos pasó, por qué estamos así. Pero nadie es capaz de preguntarse si algo de lo que ha hecho tiene que ver con el desastre este. Nadie se pregunta en lenguaje plano cosas tipo “¿yo qué le saqué a cadivi?” porque todos le sacamos algo a cadivi. Todos le entramos a coñazos a la piñata hasta que no dio para más y nos molestábamos terriblemente cuando se nos trancaba el cupo en una noche loca después de haber gastado más de mil dólares en menos de cinco horas. Y la gente se molestaba y decía (y dicen) que los chavistas gastan de millones y uno aquí que lo que ha gastado son mil dolaritos y lo bloquean. Y que si la dignidad Victoria Secrets y la nación Wallmart y la democracia Apple. Detrás de cualquier resabio que llama como la plaza de armas del lugar común lo que suena es “¿por qué los chavistas pueden gastar de millones y yo no?” y detrás de eso retumba a coro “yo también quisiera gastar de millones” y la música descargando como “yo quiero gastar millones” y pasan venezolanas explotadas (dígase con mucho plástico con mucha mano de cirujano encima) batiéndose un champú; y entonces la gente mira como con ganas de tirársele encima por “puta chavista” y todo esto sólo dice: ¿por qué eres tú y no yo? Así tal cual como el guardia en Maiquetía, Valencia o Maracaibo sobre las maletas en la aduana, como el malandro cuando lo ve a uno con sus zapatos, su celular, sus splashes y todos sus juguetes comprados con el sudor de su propia frente cadivosa. Detrás de la arrechera lo que hay es una soberana (sí como artículo de constitución) rabieta de niño tira la piedra y esconde la mano, de misifuses que son incapaces de mirar al que lo reprende y decir: fui yo, sí. Y ¿qué cuál es el peo? El cadivazo es un síntoma de nuestra mojigatería, de nuestro yo no fui, de “todas las mujeres son unas perras menos mi mamá”, de Chávez te odio no porque me jodiste, sino porque yo no era tú. Somos tan así que ahora que ya no hay carne, nos da es por irnos como si emigrar fuera maravilloso. Es entonces, cuando la gente sale y se acaba la manguangua cadivi y se da cuenta lo jodidamente absurdo que es tragarse tres mil dólares en una semana comprando mariqueras. Pero jamás aceptarían que algo de culpa tendrán en el desastre. “Yo ya me fui”, es como jugar al escondite: uno toca la pared y dice “libre” y el que se jodió se jodió, y el que se quedó pegao se quedó pegao. Los que no, a los que agarraron, les queda es ver de qué manera ayudan o no al último que toque la pared y grite “libro por mí y por todos”. Ese, El Milagroso venido de no sé dónde que resuelva los problemas que uno mismo crea. Y sí, llevo tres páginas hablando cliché tras cliché tarzaneándo de una rama a otra. Hablando de las angustias clasemedieras venezolanas, de nuestras alucinaciones cadivosas. Alguien tiene que limpiar después de la fiesta pero no seremos nosotros, no seré yo. Ese es nuestro lema. Y con esto no busco la confrontación, porque bien sabido es que “todos tienen rabo e paja” así de plano, porque cuando queremos ser ratas somos unas raticas peluas. Para terminar vuelvo a donde empecé. Me preocupa Venezuela, me preocupa cómo todos los días mi vida, la vida de Pedro Varguillas vale menos porque la moneda de mi país afecta mi vida, será porque soy muy sentimental me dicen mis amigos. Pero la cosa va más allá del sentimentalismo apendejado, es una preocupación seria de que al parecer muy poca gente se detiene a ver el reguero que hemos hecho en los últimos años y se levantan de la poceta sin limpiarse, y se bañan de perfume como si eso les quitara la hediondez. Y uno suena a “vieja loco”, a “ridículo” y hasta “mojigato” para el que no concuerde con uno. Pero es en serio, nos estamos quedando sin país y no es porque los chavistas lo tengan tomado porque chavistas o no chavistas somos venezolanos, sino por la imposibilidad de competir en un mundo cada día más rudo. Hay gente extrema ridícula que se alegra cada vez que el dólar paralelo aumenta, hay gente que se alegra cada vez que un venezolano emigra. Es como autosuicidio al cuadrado. Que debe ser algo así como -12 +12= 0. Y a esta ecuación hay que darle la vuelta porque sino estamos todos jodidos adentro, afuera, alrededor y nadie, pero nadie, sino nosotros mismos podemos resolver este peo. Y ahí es cuando da risa nuestra absoluta ingenuidad tipo #ObamaGraciasPorElDecreto o #RusiaNosAyuda. Nadie nos va a resolver la vida, nadie nos va a quitar y poner gobiernos, nadie nos va a cambiar la mente, nadie nos va a mover el cuerpo. Mejor aceptarnos como somos, mejor aceptar que entre el motorizado y el de la camionetota no hay diferencia que nuestras diferencias son tan comunes que no nos distinguen sino que nos identifican. Venezuela tiene mucho dinero, sí y mucho petróleo también. Pero no somos ricos. No somos más que los demás. Somos una cosita minúscula entre otras cositas minúsculas. Y ya. Decir “cadivazo” da cuenta de nuestra absoluto apendejamiento. No es cadivazo es en todo caso, quizás, jalón de orejas, sequía, regaño de un papá sinvergonzón que nos da un correazo y nos deja salir a la calle a jugar pelotica de goma mientras nos promete que si nos seguimos portando mal nos va a dar otro correazo (dígase un día de estos aumento la gasolina) pero mejor no porque tampoco quiero ser un papá ladilla. ¿Qué tal si un día de estos nos da por ser adultos?